Bienvenidos Foros Escritura Tus historias Las Reinas de Cristal [Fantasía/Chicas Mágicas]

Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó  Jaden Diamondknight hace 1 semana, 4 días.

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    Jaden Diamondknight
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    Saludos, compañeros. Soy Jaden Diamondknight, reportándose después de una larga ausencia.

    ¿Qué he estado haciendo estos últimos meses? He estado mejorando la novela, con un nuevo editor. Eso hacía.

    ¿Y por qué es que no posteo los cambios en el otro tema que ya había hecho? Porque esa versión de la novela ya está obsoleta. Así de simple.

     

    Como sea… aquí les dejo el nuevo capitulo 1. Espero que lo disfruten:

     

    Spoiler:

    El panorama era sombrío; un día en que la Muerte recogía su cosecha. Me encontraba parada en aquel sitio de batalla, con mi ropa ensangrentada de los caídos, cuyos cadáveres tenían un olor a putrefacción y sangre coagulada. Para mí era usual esta visión; no le daba importancia, mis pensamientos estaban contemplando las muertes de mis hermanos del alma, los cuales se entregaron por futuro mejor. Pero… más que nada… nunca olvidaría la promesa que hice a mi ser amado…

     

    Capítulo 1: Un camino, un solo destino… Un espadachín orgulloso.

     

    Me encontraba en el vestíbulo de mi casa, enlistándome para ir a entrenar a los barracones que estaban al norte de la zona residencial del reino de Kartina.

    –Madre… Ya voy de salida a entrenar. – Le avisaba a mi madre, sacudiendo el polvo de mí regazo.

    –Awwwwww… que lastima. Quería pasar el día contigo, mi pequeña. – Entonces, mi madre se acercaba a mí, para jalarme las mejillas. Mi madre, una dama en sus 50 años, cabello castaño claro largo, rizado, de ojos violeta. Una complexión y rostro algo robusto, de unos 1.69 metros de alto.

    –Mamá… voy a llegar tarde. El profesor me va a llamar la atención. – Le decía esto a ella, lentamente retirando sus manos de mis mejillas.

    –Solo prométeme que no andarás buscando pleitos callejeros, cariño. Debemos poner el ejemplo al resto de las familias nobles. – Mi madre recalcaba esto, frotando mi cabeza, devolviéndome una cálida sonrisa. Al escuchar esta remarca, yo me sonrojaba un poco, agachando la mirada.

    –Tenías que recordármelo…– Antes que yo saliera de la casa, mi padre llegaba al vestíbulo, mostrándose algo agitado, cargando una carta de la familia imperial. Él era un señor cerca de sus 60 años, cabello corto, ya cubierto de canas, de cejas grandes, rostro gordo, complexión robusta, pero más musculosa, de unos 1.85 metros de alto.

    –Hola, Victoria. Me gustaría poder acompañarte a la práctica de esgrima de hoy, pero me llegó algo importante de la capital. Tendrás que ir sola esta vez. –

    –Ohhh… Está bien. Ya estoy acostumbrada, después de todo. – Con la moral destrozada por ese anuncio, yo pasaba a salir por la puerta principal, no sin antes escuchar a mis padres recitar las siguientes frases: “¿Qué sucede, cariño?” “Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente”.
    Mi familia es parte de la nobleza del reino de Kartina; un reino localizado en el norte del continente de Celes, el cual estaba localizado en el hemisferio norte del planeta. El clima del reino era comúnmente frio; solía nevar muy a menudo, pero de vez en cuando podíamos disfrutar de un día fresco, inclusive caluroso, durante los veranos. La economía del reino era estable, inclusive con las altas y las bajas que se daban, a consecuencia de las relaciones políticas con los otros reinos, naciones y tribus.
    En el caso de mi familia, somos devotos a distintas deidades femeninas que han existido en este mundo. Poco se sabe de los orígenes exactos de mis ancestros, pero se dice que fueron bendecidos por las diosas.

     

    9:00 A.M.

     

    Unas horas después, llegué a los barracones donde entrenaba. Siendo la única mujer en mi grupo, era de esperarse que mis compañeros se fijaran lujuriosamente en mí, lo cual me incomodaba terriblemente. Al parecer a los chicos les gustan las rubias de ojos azules.

    –Hola, Victoria. ¿No le molestaría si nos vamos a la bodega de los cuarteles y te enseño cómo se maneja una espada de verdad? Jajajaja. – Uno de mis compañeros me preguntaba esto, mientras otro grupo me silbaba sonoramente; hirviendo de la vergüenza y cubriéndome con mi capucha negra, yo me movía rápidamente hacia un rincón del edificio, donde nadie pudiera molestarme. Quería esperar un rato para que los piropos se apaciguaran, cuando de pronto uno de mis compañeros se acerca a mí por detrás, para saludarme.

    –Buenos días, señorita Hosenfeld. – Mi compañero quien dejaba ver su complexión delgada, cabello cobrizo y lentes que agrandaban un poco sus ojos cafés me había dado un susto de ultratumba, haciéndome saltar un poco.

    – ¡Aghhhhhh! – Recuperando el aliento un poco, yo pasé a voltear a ver a él, recargando mis manos sobre mis rodillas. –Ufffff… En verdad necesitaba ese infarto, Geraldo. Gracias. –

    –La-lamento eso, señorita Hosenfeld. No era mi intención asustarla así. – Geraldo me dijo esto, recargándose sobre el muro del barracón.

    –Mira… no es por ser grosera ni nada, pero por favor, déjame sola. Estoy hiperventilándome con lo que está pasando ahora mismo. –

    –Señorita Hosenfeld… no le gustan las adulaciones, ¿verdad? –

    –No. Para nada. Especialmente los más corrientes, como ese de la “espada”. – Al decirle esto a Geraldo, yo me senté de golpe en el suelo, recargando mi cabeza sobre mis rodillas.

    – Ohhhhh… Ha de ser horrible ser la única dama en los cuarteles, ¿verdad? Los que solo buscan a una mujer por su cuerpo son los primeros en soltar rienda suelta con sus halagos de mal gusto, especialmente si se trata de una chica de la alta sociedad. – El muchacho me comenta esto, sentándose a mi lado derecho, observándome preocupado.

    –Si. Si lo es. Y mucho. Solo me gustaría tener un día donde yo pudiera ser invisible y no tener que pasar por esta mierda. – Le decía esto a Gerlado, golpeando el muro del barracón.

    –Guau… no pensé que usted fuera a blasfemar así, señorita Hosenfeld. –

    – ¿Por qué? ¿Por qué soy una mujer, verdad? –

    –N-no es por eso, señorita Hosenfeld… Bueno… la verdad es que me sorprende que alguien de su clase social pueda conocer un lenguaje tan vulgar. Es todo. –

    –Las familias nobles no son tan distintas al resto del mundo, Geraldo. Nosotros también tenemos nuestros propios problemas y defectos que atender. Si quieres, puedes irme diciendo eso que querías decirme saliendo de clase. Ya ando de mejor humor… creo. –

    –No-no quiero sonar como si esto fuera una cita, pero… ¿le gustaría ir conmigo a las carreras de caballos? Van a ser este domingo, en el establo de mi casa. – Entonces, el muchacho se levantaba del suelo y se colocaba en frente de mí, sonrojándose un poco. Al escuchar esto, yo levanté la mirada un poco y me paré del suelo también.

    – ¿Carreras… de caballos? ¡Por supuesto que me encantaría ir! Pero… no sé si mi padre solicitara de mi ayuda en la frontera oeste, este fin de semana… Por ahora, no te prometo nada, Geraldo. Lo siento. –

    –N-no sabía que a usted le fuera a gustar las carreras de caballos, señorita Hosenfeld. Uffff… menuda suerte la mía. –

    –Puedes llamarme Victoria, si quieres. Somos amigos, ¿o no? Y sí. Me gustan los caballos y las carreras de caballos. Siempre he creído que tú no escoges tu montura; ella te escoge a ti. Lo mismo pasa con tus armas. Ellas te escogen a ti. Aunque, si te soy sincera, a veces desearía poder ser yo quien decide lo que quiero. – Ya habiendo dicho esto, mi sonrisa cambió inmediatamente por un rostro de melancolía. Había algo dentro de mí que no me dejaba tranquila.

    – ¿Por qué menciona eso, seño-Victoria? – El muchacho entonces se acerca a mí, ladeando su cabeza hacia la derecha, mirándome un poco angustiado. Antes que pudiera hablar sobre ello, se escucha la voz de mi maestro a lo lejos.

    – ¡El entrenamiento ha comenzado! ¡Repórtense en el interior de las instalaciones! –

    –Te lo diré terminando las clases, Geraldo. – Ya habiendo dicho ello, tomé mis cosas del suelo y me fui adentro de los barracones.

    –E-está bien… Si así lo desea. –

     

    9:30 A.M.

     

    Hoy era día de combates de entrenamiento. Todos mis compañeros y yo pasábamos al frente del edificio, para dar rienda a la práctica. Ya me tocaba pasar a mí.

    –Pase al frente, señorita Victoria Hosenfeld y marqués Saúl Giesler. – Entonces, mi maestro de esgrima, un anciano robusto de cabello blanco corto y ojos azules, nos daba la orden de pasar al centro de la habitación.

    –En seguida, maestro. – Sin más chistar, yo me levantaba del suelo y me dirigí al centro, donde mi compañero me esperaba.

    –Si yo gano, ¿saldrías conmigo a tomar unas bebidas, señorita Hosenfeld? – El marqués Saúl, un joven de cabello negro rojizo y largo, ojos verdes oscuro y solo un poco más alto que yo, cuestionaba esto, sonriendo socarronamente, levantando su espada.

    –Que gane el mejor. – Tratando de mostrarme relajada ante ese coqueteo, yo simplemente le sonreía de vuelta al muchacho, levantando la espada también, inclinándome como parte de la ceremonia de combate. Saúl se inclinaba también.

    – ¡Que vuestras espadas choquen! – En eso, el maestro nos daba la orden de comenzar el combate. Él se lanza hacia mí, balanceando su espada horizontalmente, por lo que yo retrocedo un poco, moviéndome hacia los lados. Mi corazón latía como loco, casi saliéndose del pecho; una onda de energía recorría por mi cuerpo, revigorizándome de golpe, cada vez que me movía al ritmo de ese violento baile. Mi respiración se agitaba violentamente, mi visión se distorsionaba un poco, tenía muchas ganas de secarme el sudor de la frente… pero debía concentrarme. No podía dejarme vencer por ese muchacho engreído. Entonces, el muchacho lanza una puñalada rápida, lo cual me da muy poco tiempo de reaccionar, por lo que terminé bloqueando el ataque; el impacto me hizo retroceder un poco, pero no me derribó. Sentí un fuerte calambre en las manos; casi dejaba caer el sable al piso. No debía demorarme en recomponerme, por lo que me puse a la iniciativa y lancé estocadas diagonales hacia el muchacho. Él rápidamente se hace hacia adelante y trata de empujarme con el filo de su espada, pero yo retrocedía un poco y después saltaba hacia adelante, lanzando una estocada feroz.

    – ¡Aghhhhhh!  En eso, tiré a mi rival quien al recibir mi ataque cayó al suelo quejándose.

    – ¡Es suficiente!  Mi maestro exclamaba fuertemente, acercándose a donde estábamos, deteniendo el combate. –La ganadora es la señorita Victoria.  El profesor quien vigilaba, observó el resultado y tajante dio por terminada la práctica, anunciando mi victoria. Lo primero que hice terminando el combate fue dirigirme hacia mi compañero derribado, estrechando la mano, sonriéndole.

    –No vayas a quejarte con tu mamá, solo porque perdiste contra una mujer. –

    –Fuerte y linda. Cualquier hombre desearía una mujer así en su vida. – Saúl comentaba esto, sonriéndome de vuelta. Ante esto, yo solo le apretaba más fuerte la mano, disimulando mi coraje.

    –No te atrevas a usar esa frase hacia mí otra vez, por favor. – Ya terminando el combate, me dirigí de vuelta a mi lugar; en lo que mis compañeros me ovacionaban. Me mostré indiferente ante el festejo; sólo me limité a mirar por la ventana, mientras que con el dedo índice jugaba con un mechón de mi cabello.
    Jamás he sido la más alta de mi grupo; siempre viéndome a unos centímetros por debajo de mis compañeros y mis familiares. Pero eso no significaba nada para mí; si podía usar mis talentos acorde a la situación, podía salir victoriosa… o al menos era lo que quería pensar…

     

    5:00 P.M.

     

    Al terminal el entrenamiento, todos agradecimos la clase y solos o en grupo nos dirigíamos a nuestras casas. Me quedé esperando a Geraldo por un rato y él alcanzándome corriendo me dijo:

     ¡Increíble combate el de hoy, Vic! ¡Es la mejor esgrimista de todo Kartina! 

    –Gracias, Geraldo. Pero estoy segura que cualquier esgrimista profesional me ganaría al primer encuentro… ¿Y por qué me llamas Vic? Nadie me llama así. 

     – ¡Hablo en serio, señorita Hosenfeld! La elegancia con la que se mueve, la precisión de sus ataques, la rapidez de sus bloqueos y sus evasiones; todo eso es casi insuperable para cualquiera de nuestra escuela. Dígame… El joven me dijo mientras se paraba en frente de mí. Y de pronto mi compañero me preguntó:  ¿Qué es lo que la hace tan buena en esto? 
    Al terminar de decirme esto, yo me paraba en seco y bajaba la cabeza, para de pronto subir la mirada, cruzando los brazos.

    – ¿Al menos vas a responderme el origen detrás de “Vic”? – Le preguntaba a mi compañero, mientras volteaba a verlo de reojo.

    –Uhmmmm… bueno… pensaba que sonaba bonito. Pero si a usted le molesta…–

    – ¿Alguna vez has sentido que tu vida puede ser tan inconsecuente como la de un animal salvaje? – Le pregunté esto a Gerlado, mirando la palma de mi mano derecha.

    –Ahmmmm… ¿Por… qué pregunta eso? –

    –Durante un largo lapso de tiempo, pensé que no haría nada con mi vida. Creí que solo iba a terminar siendo una sombra más, en este mar de máscaras.
    Cuando escuche que mi padre quería que practicara esgrima, no sabía a lo que me atenía; siempre pensé que los combates y las artes marciales son de salvajes. Pero después de unos días de entrenamiento con ustedes, mi manera de pensar cambió demasiado. El código ético que siguen los guerreros, ya sean esgrimistas u otra clase, así como la sensación de luchar cambiaron la perspectiva que tenía sobre ello. Por primera vez en mi vida, me había sentido realmente viva. Finalmente había encontrado una razón para vivir… Por esa razón decidí continuar entrenando, con todo el ahínco que mi propio cuerpo pueda entregar. – El combate lo era todo para mí…

    –Ohhhhh… Ha de ser horrible no tener que hacer con su vida. Pero igualmente me alegra que hayas encontrado algo que te motive a seguir adelante, Victoria. –

    –Jejeje… Gracias, Geraldo. –

    –Vaya, señorita Victoria. En verdad me sorprende verla sonreír. –

    –No comiences ahora tú, Geraldo… Ya tengo suficiente con el resto de la clase, como para que ahora tú lo hagas…– Sonreír no es algo que solía hacer con mucha frecuencia. No tenía por qué demostrar mis sentimientos hacia otras personas, si no era necesario. Si algo me molestaba, era que la gente se me quedara viendo; lo sentía como un centenar de agujas clavándose en mi cuerpo.

    – ¡Anímese, Señorita Hosenfeld! Si usted es hermosa. Sonreír le hace ver aún más hermosa. – Antes de que Geraldo pudiera continuar con sus halagos, yo me enojaba y di la media vuelta, mirándole enfadada.

    – ¡BASTA YA! – En eso, el joven acompañante retrocedía un poco, mirándome un poco aterrado. Al parecer le intimidó mi reacción. –No quiero que me trates como una dama delicada. ¡No quiero que nadie en este mundo me trate como una persona que solo sobresale por su belleza! ¡No quiero sus miradas tiernas, halagos ni caricias! Ser una guerrera es el camino el cual yo escogí. El combate lo es TODO para mí. ¡Quiero vivir para luchar! Y si tú o el resto del mundo no puede entender eso, ¡por mi pueden irse al infierno! – Al haber terminado de decir esto, di la media vuelta y me fui yo sola a mi casa, dejando al otro muchacho sin palabras. En ese tiempo, me molestaba que me tratasen bien, por el simple hecho de ser bonita; lo consideraba algo deshonroso, tomando en cuenta el camino que había decidido recorrer. Entonces, me detuve en seco y di la media vuelta, observando a un Gerlado derrotado, encogiendo su cuerpo. No pude evitar sentir culpa ante ello, por lo cual vuelvo a donde estaba él y apoyaba mi mano sobre su hombro.

    – ¿Vi-victoria? – El joven levantaba su mirada algo vidriosa, acomodando sus anteojos.

    –Geraldo… perdóname por haber reaccionado así. Es que ya me estaba harta de todo el murmullo del barracón. No era mi intención lastimarte así. – Le dije esto a mi amigo, frotando su cabeza con mi mano izquierda.

    –E-está bien, señorita Hosenfeld. – Geraldo se tranquilizaba un poco, riendo entre dientes. Yo le devolvía una sonrisa nuevamente, ante esto.

    –Puedes llamarme Vic, si quieres. Somos amigos, ¿o no? – Muy dentro de mí, me sentía estúpida por haberme comportado así con él. El miedo de ser olvidada por las arenas del tiempo me había cegado. Pero esa perspectiva iba a cambiar, cuando terminaría conociendo a ella…

     

    7:00 P.M.

     

    Un rato después, finalmente llegué a mi casa, la cual estaba en la cima de una pequeña colina; al verla, ésta expulsaba un aire de misticismo. Las estatuas de ángeles y diosas, así como los vitrales en las ventanas le daban un aspecto sagrado, que se veía intimidante de noche. Sin más preámbulos, entré a la casa, dando al vestíbulo, este estaba decorado con estatuas de ángeles y muebles de ébano.

    – ¿Señorita Victoria? – Uno de los mayordomos me observaba entrar por la puerta, acercándose firmemente hacia mí, limpiando una vasija de la repisa. Su aspecto era delgado y algo añejo, de cabello negro con canas, ojos cafés y bigote rizado. 

    –Ando muy cansada, Rogelio. Perdóname si no me veo de humor para conversar o jugar ajedrez con usted. – Simplemente le decía esto al mayordomo, pasando lentamente en frente de él, agachando la cabeza. – ¡Ya llegue, mamá! – Le gritaba a mi madre, mientras subía al tercer piso, para dirigirme a mi cuarto, el cual quedaba en el ala este de la mansión.

    –Eso iba a decirle, señorita Victoria. Sus padres salieron a la capital, para atender un asunto con el comandante Luttenberg. Han estado desapareciendo muchas personas en el sur del reino, y ocupan fondos para incrementar la seguridad en la frontera con Ucilia. – Rogelio me comentaba esto, colocando la vasija en la repisa, siguiéndome hacia arriba. Así que ese es el detrás del “¿Qué sucede, cariño?” y “Tenemos malas noticias, Adelaida. Es urgente” que escuche en la mañana, ¿eh?

    –Genial… Ahora ya son tres meses continuos, desde que ha estado pasando esto. Una semana más y ya tendremos nuevo record. – Le decía este comentario sarcástico al mayordomo, encogiendo los hombros, caminando hacia la puerta de mi habitación. Al haber llegado a ésta, abrí la puerta y entré, para quitarme la ropa. El interior de mi cuarto era la definición de “minimalista”; lo único que había en mi cuarto era una cama personal, un ropero y un espejo. Nada de adornos ni artículos de belleza o cosas así.  Ya quitándome el yelmo, lo colocaba junto al ropero e iba a acostarme en la cama, mirando hacia el techo.

    – Una cosa más. La familia ha sido invitada a una fiesta en el castillo imperial. Me imagino que usted va a ir también. ¿No es así? – Rogelio se había quedado afuera de la habitación, antes que me observara quitarme la ropa.

     

    – ¿Ya qué? No creo que tenga otra opción…- Le decía al mayordomo, tapando mi cara con una de las almohadas de la cama, suspirando tristemente. No quería ir a la fiesta; se bien que las fiestas de la alta sociedad son aburridas a mas no poder. Pero mis padres tenían compromiso con los reyes, lo que me comprometía a asistir. Gracias a las diosas que pronto me arrepentiría de ese comentario, ya que en esa fiesta, conocería a ella…

    Disfrútenlo.

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