Bienvenidos Foros Escritura Tus historias [Relato de Terror] Fetidez

Este debate contiene 1 respuesta, tiene 1 mensaje y lo actualizó  Laundrich hace 1 mes.

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    Laundrich
    Participante

    s

    Fetidez

     

                 Dorothy conduce la silla de ruedas y me deja en el porche del patio.

             —En un rato vuelvo, Marcus —dice, y me planta un beso en la mejilla.      

             Sus botas de taco alto se alejan sobre la madera y vuelve a entrar a la casa. Las caricias de una brisa de viento nocturna me dan de lleno en el rostro, haciendo vibrar el parche que cubre mi ojo destrozado. Ya me he acostumbrado a su uso y no me provoca incomodidad. ¿Por qué debería, si es solo un asunto estético? Mi ojo izquierdo no lo necesita, desde afuera la gente me dice que se ve igual que siempre, pero no está sano; tampoco veo nada. Los doctores me han dicho que si en seis meses mi vista no presenta mejoras, probablemente quede ciego para siempre. Un maldito asunto estético.

     Hoy el olor está insoportable. Tras haber salido del hospital, luego volver del frente de la guerra en P, las cosas no han sido tan pacíficas como me lo esperaba. Me han dicho que es normal, producto de haber perdido la vista, que el resto de mis sentidos se hayan potenciado. Por ejemplo, ahora noto que los pájaros trinan constantemente a la hora de la siesta, que los vecinos tienen unas voces muy molestas y las elevan en exceso como si el resto de las personas no tuviésemos mejor cosa que hacer que enterarnos de los problemas cotidianos que los aqueja y que a la noche los perros son alimañas de lo más pesadas con sus estúpidos ladridos a toda ahora. Estos inconvenientes los soporto, y a veces hasta es divertido ser consciente de tanto detalle, pero hay algo más. Me he dado cuenta que en mi hogar pervive un aroma espantoso, uno que no se parece a nada que haya olido antes. Por lo aromático, diría que es dulzón, pero por lo intenso, rancio hasta la médula. Desde que volví a poner pie en mi hogar que lo percibo. El primer día era más bien suave, lo captaba de vez en cuando y no me detenía a pensar en él, pero incluso entonces, sobrevolaba por todas las habitaciones de la casa: el baño, la cocina, el patio trasero, la entrada, el garaje. Dorothy y yo construimos esta casa con ayuda de los padres de ella y los míos, y pongo las manos en el fuego para decir que antes de ir a la guerra, este olor no estaba.

             Los firmes pasos de mi esposa emergen del interior de la casa y momento después siento sus dedos largos acariciándome la nuca.

             —Ya he puesto a dormir a Sammy.

             —¿Dor, qué es este olor tan feo?

             Ella no deja de acariciarme, pero tarda un rato en responder.

             —¿Qué olor?

             —¿Me estás haciendo una broma? El olor horrible como a ciruelas rancias que hay en esta casa. Cuál otro sino.

             Dorothy deja de acariciarme.

             —Yo no huelo nada, cariño. Tal vez sean las flores del vecino.

             —No son las rosas del vecino—digo—, las huelo perfectamente. El olor que siento es como de víveres echados a perder. Por favor deshazte de él, ya no lo soporto.

             —Le diré a Francine que haga una limpieza cuando venga mañana a cuidar a Sammy. Ahora vamos a la cama. Barry quiere que atienda unos clientes nuevos, a primera hora.

    Al otro día, la niñera de Sammy, Francine, tuvo muy buena predisposición ante el pedido de mi esposa. Tras darle la merienda a mi hijo y llevarlo a dormir la siesta, hizo una limpieza general de la casa. Yo “supervisé” su trabajo desde el porche. Estuvo frotando las hebras del escobillón contra las baldosas por al menos una hora entera. Luego sacudió en la entrada toda frazada y cobertura de camas y sillones y la oí golpear latas, platos y baldes, ordenando trastos. Por último salpicó, con el agresivo olor de la lavandina, la cocina, el baño y el garaje. Cuando cayó la tarde, su presencia con olor a ropa limpia y perfume barato me informó con voz de adolescente que ya había terminado. Agradecí su ayuda y la mandé a casa.

    Por unos minutos me arrellané en la silla, para aprovechar con tranquilidad el ambiente de mi hogar purgado. Tras unas bocanadas de aire y relajación, me di cuenta que el nocivo olor que tanto detestaba seguía allí.

    —Sigue allí —le dije a Dorothy cuando regresó del trabajo.

    —¿El olor? Pero si huele a limpio. Como nunca antes, Marcus. Enserio, estoy cansada. Cenemos y hablemos de esto mañana.

    No quise discutir y le pedí a mi esposa que cenara sin mí. Yo quería quedarme un rato más en el porche para pensar en mi antiguo compañero de cuartel, Scotty. La única persona que fue amiga mía en el frente. Últimamente pienso mucho en Scotty.

    Esa noche, ya acostados, no pude dormir. La suave respiración de Dorothy no parecía hacerle ingresar a sus fosas nasales ningún terrible olor. A mí, en cambio, el olor me las quemaba; me perturbaba. Es cierto que yo perdí la vista, pero, en mi ausencia, mi esposa había perdido el olfato.

    Una semana más tarde, Dorothy me dejó en casa con Sammy. Ella salió a hacer unos mandados y me dijo que no tardaría. Quiso llevarse a Sammy, pero le aseguré que estaría bien conmigo. Por precaución, colocamos unas rejas especiales para niños en el porche, para que no pueda alejarse mucho.

    Oigo como mi hijo juega con sus autitos de plástico, a un costado, como hace girar las ruedas sobre la madera. Ríe y articula palabras que suenan a “oda” y “opa”. Parece que la está pasando bien. Lo único en lo que yo puedo pensar es en la fetidez.

    La tarde es templada, supura a pesado y cálido. Los vecinos vociferan, los chicos juegan a la pelota en la calle. Levanto la mano y me toco el parche. Ya no me duele tanto. En la operación han logrado sacar casi todas las esquirlas alojadas. Solo quedan las que tengo en el cerebro. Dicen que tengo mucha suerte de estar vivo.

    —No como Scotty. Pobre Scotty —murmuro.

    Yo le di la orden de que avanzara sobre la loma. Un segundo después, voló por los aires. Instantes antes de ser cegado por los miles de fragmentos de hierro caliente dirigiéndose a mí, dolorosos como aguijones de avispas gigantes, recuerdo las vísceras y sangre de Scotty cubriéndome el rostro. La marca de mi fracaso.

    El olor esta peor que nunca, y ¿es imaginación mía o su fetidez está aumentando? Sí aumenta, por Dios, que alguien la ventile. Por alguna razón que se me escapa, empiezo a sentir miedo. Las voces de los vecinos se han apagado. Mi atención se dirige a un punto lejano, tal vez a unos cuatro metros, de donde surge una especie de crujido, como de crustáceo húmedo. Me quedo tieso y pronto percibo el subrepticio arrastre de un cuerpo sobre la hierba. Primero suave, pero con cada arrastre de hierba, el olor y el ruido van aumentando. Entonces se me ocurre una cosa: que el culpable del maldito olor está allí, a unos pocos pasos. ¿Es humano?

    —¿Hola, hay alguien ahí? —pregunto con la voz echa un temblor.

    No recibo respuesta, pero, como la criatura, a falta de un nombre mejor, supiera que ha sido detectada, el arrastre se detiene. Cuando empiezo a dudar de si en verdad hubo algo allí, entonces un ruido de exhalación, como el bufido de un caballo, pero más alargado y antinatural, rompe el silencio. Mis músculos se tensan. No puedo moverme. Sólo presto atención a ese horroroso crujido de crustáceo y al arrastre, que ha vuelto a comenzar. ¿Quién es el responsable? ¿Quién ha dejado a esta especie de caimán suelto en mi patio? Entonces mi pensamiento más temido se vuelve realidad y escucho la valla sacudirse, a un metro de donde Sammy todavía juega.

    Con prisa, clavo mi costado contra la silla de ruedas y la dirijo hacia mi hijo.

    —Hijito ven aquí, papi te llevara adentro de casa —digo con prisa febril.

    No obtengo respuesta.

    Los fierros de la valla pegan contra la madera del porche y aquella se viene abajo. El estallido es sonoro, pero yo me concentro en tomar a Sammy y con manoteos frenéticos trato de sentir su contacto, pero sólo aprieto vacío.

    —¡Sammy!

    Así continuo por un buen rato, sin oír ni arrastre, ni crujido, ni exhalación. Entonces la risa de mi hijo me llega desde el centro del patio, bastante lejos, más allá del porche. No me atrevo a imaginar cómo ha llegado allí. Vuelve a reír, ahora incluso más lejos. Ya sin poder soportarlo, raspo mis manos contra las cubiertas ásperas de mi silla y me lanzo a perseguirlo. Lo hago con tanta fuerza que la silla se clava en un hueco de tierra y salgo disparado hacia adelante. El instante antes de tocar la hierba, ciego como estoy, se me antoja terrible. Yo, flotando en un océano de negrura, sin asideros visuales, sin asideros físicos, sin ser capaz de imaginarme el momento en que me estrelle contra el suelo. El impacto llega antes de lo que esperaba, y me aturde, y por el ruido que hace mi pierna derecha, se quiebra en la caída. El crujido de la fétida criatura continua, está un poco más adelante. Uso mis brazos para avanzar, en la misma manera que lo hacía cuando el enemigo abría fuego sobre nosotros, en la frontera. Ya no oigo la risa de los vecinos, ni a los chicos jugando, ni siquiera a los pájaros trinar. Tras un breve pero exigido esfuerzo, mi codo toca un borde de cemento. Lo escalo.

    —Oga, opa —recita la vocecita de Sammy, frente a mí.

    Avanzo con más ahínco, pero entonces la nada me tira hacia abajo y se cierra sobre mí. Siento la fétida presencia arrastrándose por mi espalda. El familiar traqueteo de crustáceo cruje tras de mí y siento la presión hiriente de una tenaza fría, porosa y dura. Intento por todos los medios liberarme del agarre pero la sola fuerza de mis brazos no es suficiente para rechazarla. La criatura exhala su aliento podrido sobre mi nuca, llenándomelo con su tibia y ácida baba mientras su duro cuerpo parece reptar en regocijo. Soy envuelto en una especie de aceite tibio. Huele a vísceras.

     

    Dorothy camina apurada hacia su vivienda. Se retrasó por culpa de la gran cantidad de clientes. Al llegar a casa, apoya las compras sobre la mesada de la cocina y emite un saludo para su esposo. Al no recibir respuesta nota que la figura enjuta en silla de ruedas no está en el porche. Rápidamente sale al patio, temiendo que haya sucedido algún accidente en su ausencia.

    —Aquí estas, patán —le dice a Sammy, que se había quedado dormido en el porche y se despereza en ese mismo momento.

    Entonces nota la valla caída y la silla de ruedas volcada en medio del patio. Corriendo hacia ella, Dorothy vuelve a repetir el nombre de su esposo. No recibe contestación. Justo cuando piensa regresar adentro y llamar a la policía, distingue algo en la nueva piscina. Su corazón se paraliza al reconocer la cabellera rubia de Marcus. El parche negro flota junto a su esposo, mientras éste permanece boca abajo, sólo movido por el compás del agua, ahogado.

    Fin

    #72841

    Laundrich
    Participante

    Hola, gente, espero que anden bien. Ofrezco este breve cuento a ustedes, compañeros, para reavivar un poco la actividad. Ojalá les guste. Les mando un saludo.

    • Esta respuesta fue modificada hace 1 mes por  Laundrich.
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